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miércoles, 8 de agosto de 2012

El don de Popi.

Había una vez un chico llamado Popi, este no era el típico payaso, del típico circo. Al contrario, Popi, era de todo menos típico. Tenía una trompeta ruidosa, que con el mínimo roce emitía un sonoro pitido, que curiosamente a nadie disgustaba.
Popi era el payaso feliz, todos los que estaban a su alrededor acababan contagiados de su alegría. El solía decir que quería hacer llegar todo su entusiasmo y alegría a todas las personas del planeta. Pero un día mientras paseaba por la calle sin su disfraz, sufrió un accidente. Un coche, cuyo propietario iba al móvil, chocó contra él lanzándolo por los aires. Cuando despertó, se encontraba en la habitación de un hospital, junto con otros dos niños. Uno de ellos tenía una enfermedad terminal, cuando Popi se enteró, hizo que le trajeran su disfraz de payaso. 
Estaba débil a causa del golpe que había sufrido en la cabeza, pero sin su traje no se sentía el mismo, con un esfuerzo fue al cuarto de baño donde se puso su chaqueta roja, sus pantalones blancos y un gran par de rojos zapatos. Se lavó bien la cara y se puso su nariz, tan roja como un tomate, junto con su bombín del mismo tono. Y es que nuestro amigo Popi, el payaso feliz, no podía soportar la idea de que aquel niño estuviera triste. Con su disfraz se sentía capaz de hacer reír hasta al más huraño de los huraños. 

Se puso sus anchos pantalones en su sitio con un gracioso movimiento y se acercó al niño. Había visto muchos payasos en la televisión, pero nunca uno en carne y hueso, por ese motivo lo primero que hizo al verle fue apretar su roja narizota, este gesto despertó en él la alegría que había perdido el día que entró en el hospital. Popi tenía un par de narices de recambio por si las perdía y siempre las llevaba encima. Llevándose la mano al bolsillo derecho de su chaqueta, sacó una pelotita, que curiosamente no era una pelota, era una nariz roja y blandita. Y con su gracia natural se la puso al niño que esbozó una gran sonrisa de felicidad.

Y es que Popi tenía un magnifico don, para muchos era un simple payaso, pero no era solo eso, sino mucho más, al igual que el doctor curaba las heridas físicas, él curaba las del corazón, y todos los que tuvieron la suerte de conocerlo, no pudieron olvidar jamás que no era un payaso normal, era el médico del alma.

domingo, 1 de julio de 2012

Imagina.


Imagina por un momento que puedes volar, te elevas ágilmente por el cielo cual cometa en el viento, mientras una suave brisa juega a colarse entre tu cabello y una mano invisible te mece lento, muy lento. Mientras aterrizas entre las hojas secas de los árboles, llega otoño, llevándose con él todo rastro de verano. Todos los sueños por cumplir, tantas aventuras que vivir, ya no están. No queda nada de esa cálida estación que insuflaba vida por doquier. Y la mano que te sostenía suavemente, está rígida, te atrapa con fiereza para que no puedas escapar. Pero un rayito de sol se escapa llegando hasta tus ojos, y despiertas... solo era una pesadilla. Aun siguen en ti esos momentos compartidos, todos los sueños y aventuras, cada sonrisa y cada lágrima. Que ni el paso del tiempo, ni las estaciones, ni tan siquiera los años podrán borrar, porque están tatuados a fuego sobre cada centímetro de la piel.