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jueves, 23 de octubre de 2014

Pelea nocturna.



Mi almohada
está cansada
de ser
la silenciosa confidente
que nunca es escuchada.

Se rebela,
a su simpática manera,
con esa forma
tan suya,
de revolverme las ideas
y de paso la melena.

Se cuela por mis mejillas
con surcos provisionales,
intermitentes señales
de mi guerra nocturna.

Pero eso
no es suficiente para ella,
quiere el pack completo,
o todo o nada.

Odia las medias tintas
y las frases
que se cortan a la mitad.

Es curiosa mi almohada,
siempre se empeña en
recordarme tu olor
cada vez que decido dormir.

Y así no hay quien duerma.

Como un vendaval de emociones.




¿Cómo atreverme a describirla,
si al hacerlo se escapa de mis manos?

Ella es como la primavera,
tan cálida y brillante
como los primeros rayos del sol.

Como un vendaval de emociones,
que te arrastra sin darte cuenta,
sin darse cuenta.

Tiene la absurda manía
de ponerlo todo del revés
y hacer del caos
un bonito desorden ordenado.

Y esa forma de mirar
con la que solo los que no temen a soñar
son capaces de expresar
tanto, con tan poco.

Pues ella tiene el don
de hacer que todo gire
en menos
de lo que dura un suspiro.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Corazón de tinta.



Tengo el corazón
encerrado bajo tantas llaves,
escondido en lo más profundo,
que ni yo misma
soy capaz de alcanzarlo.

Tal vez por miedo
al dolor,
tal vez...
por miedo al amor,
incluso tal vez,
por miedo a lo que
pueda encontrar en él.

Mas un día,
me prometí a mi misma
que lo exprimiría
en cada palabra, en cada verso
que saliera de mí,
desde lo más profundo
de mi alma.

Pero es tan difícil de cumplir,
tanto,
que mis venas
ya no tienen sangre que
derramar,
ni mis ojos lágrimas que
llorar,
sino tinta para
plasmar
hasta el último suspiro
de mi corazón.

Y aun cumpliendo todo esto,
sé que no siempre
podrán expresar
cada emoción que
se despierte en mi interior,
pues sentir yo no quiero,
ni el frío ni el fulgor
de la batalla que se libre,
cuando el invierno
pare en mi estación.

La mirada perdida.


Con la mirada perdida
de quien no quiere mirar
y el pasado a mis pies,
así prosigo mi camino
que carece de destino.

Los pies descalzos,
mi voz desnuda
y la sonrisa escondida
tras miles de máscaras.

Como una gota extraviada
que derrapa en la ventana,
son mis lágrimas olvidadas
en el fondo de un cajón.

Obligadas a callar,
a vivir en soledad,
a gritar en silencio
donde nunca suena nada.

Son el eco de esta voz,
las culpables
de mi naufragio interno.

Y ahora
vivo en esta isla
de la que escapar no puedo.

Ahora,
mi alma son estos versos
que callar no quiero.

Ella era la más hermosa.


Ella era la más hermosa
rosa de mi jardín.
Roja, como tus labios,
unos labios embaucadores,
peligrosos como espinas.

Era pequeña y delicada,
muñeca de porcelana.

Pero mi rosa ya no está,
ya nunca más estará, y
duele tanto, tanto duele
verte, respirarte, soñarte,
que perderte será perderla
y perderla, perderme.

El mapa de tu cuerpo.


¿Qué quieres?
Me preguntas.

Quiero recorrer
el mapa de tu cuerpo
entre caricias
y perderme en cada una
de tus calles.

¿Pero cómo voy a perderme
si mi memoria aun recuerda
incluso el más oculto de tus
callejones?

Mis manos
cuentan cada uno de tus lunares
aun cuando no pueden tocarlos.

Mis labios
presos de tus besos
se suicidan en silencio
por volver a sentirlos.

Mi vista, mi oído, mi olfato,
todos,
mis cinco sentidos te extrañan.

Y yo me quedo quieta,
esperando que vuelvas a hacerme
la misma pregunta de siempre.

¿Qué quieres?
Vuelves a preguntar.

Y mis palabras
escapan ansiosas de mis labios.

En ese momento por fin comprendí
que me había enamorado.

A ti.

Locura eterna de mi desvelo.




Silencio.
Ya no queda nada
que escuchar.

Ruido.
Aquellas calles, repletas
de vida, se tornan grises
e inertes.

Las luces brillantes
no son más,
que la triste sombra
de lo que fueron.

Ya no queda color.
Ya no queda vida.

Y, en esta eterna locura
de mi desvelo, todo cambia
o sigue igual.

Como un suspiro perdido
en medio del ancho mar.

Efímeras Miradas.


Efímeras miradas
cargadas de pasión,
revolotean ardientes,
deseosas de encontrarse.

Solos, tú y yo,
sin nada que ocultar,
bebemos ese néctar prohibido,
por el que hasta los más cuerdos,
perdieron la cabeza.

Tu piel… mi piel…
Tus labios… mis labios…
Y al caer la noche,
la luna fue testigo,
de tus manos y las mías,
que jugaban a esconderse.

Sutil melodía,
tenue, delicada,
quasi sine toccare.
En crescendo te elevas,
agitada, poderosa,
quasi comme un inferno.
Y luego, silencio.

Entrecortada sinfonía de pulmones.

Miradas locuaces
que besan sin besarse.